Fe en tiempos de guerra

“Fe en tiempos de guerra”
“Faith in Time of War” by Ilia Delio translated by Juan V. Fernandez de la Gala

En 1953, Pierre Teilhard de Chardin escribió un ensayo titulado, “La agonía de nuestra era: un mundo que se asfixia”, en el que señalaba que, después de muchos eones de lenta expansión, la especie humana había entrado en una fase de compresión. Todas las partes del globo se encuentran hoy pobladas de seres humanos y nos enfrentamos a una nueva realidad de la Tierra, con unos recursos naturales limitados y una población creciente.

Internet y los medios de comunicación han reducido el globo todavía más, conectando las mentes por encima de las fronteras nacionales y a través de una gran variedad de idiomas y culturas. Así pues, por un lado tenemos una amplia variedad de personas conectadas por los mismos intereses y, por otro lado, una población en expansión compitiendo por un territorio y unos recursos limitados. Esta avalancha humana se está filtrando por cada fisura y eso nos está poniendo un poco nerviosos, tanto intelectual como físicamente.

A pesar de nuestro mundo hiperconectado, nos percibimos a nosotros mismos en una desagradable cercanía de interacciones; en una continua fricción entre individuos que son ajenos e incluso hostiles el uno para el otro; en la mecanización de las personas; en la mentalidad corporativa de las grandes empresas y en la creciente inseguridad de la vida cotidiana, con amenazas nacionales de terrorismo o de guerra nuclear. Nuestra capacidad para respirar libremente se está volviendo seriamente comprometida. Teilhard escribió:

Como un tren en hora punta — la Tierra se está volviendo un lugar en el que no podemos ni respirar. Y esta asfixia explica los violentos métodos a los que naciones e individuos recurren en su empeño de despegarse y preservar, aislándose, sus costumbres, su lengua y su patria. Un intento inútil, sin embargo, cuando los pasajeros siguen abarrotando el vagón.

En vez de exasperarnos por estas molestias que padecemos o de esperar distraídamente a que las cosas se normalicen, ¿no haríamos bien en preguntarnos, como hecho experiencial, si no sería posible primeramente una explicación tranquilizadora de lo que sucede y, en segundo lugar, una solución aceptable para ello?

En realidad, ¿qué es lo que está pasando? Esta es la pregunta que está dando la vuelta al mundo en este momento. Teilhard pensaba que necesitamos reformular la cuestión. En vez de preguntarnos “¿qué está pasando?”, deberíamos preguntar “¿qué es lo que nos espera?”  Lo que sostenemos entre todos, en cada continente y en cada lengua, es el futuro. La evolución es la descripción de una vida cósmica abierta al futuro.

Evolución es otra forma de llamar al cambio y a la complejidad. La vida es dinámica y avanza hacia algo más: eppur si muove, como escribió Teilhard. Toda vida está en cambio, también la vida divina. Dios está cambiando y nosotros estamos cambiando. Precisamente porque Dios está cambiando es por lo que nosotros estamos cambiando y viceversa. Esta realidad fundamental del cambio, que asumieron los pensadores del procesualismo y rechazaron los teólogos católicos, debe despertarnos a una nueva realidad. Nos está matando nuestra insistencia en un esencialismo divino y humano (como si conociéramos lo que la naturaleza es), en el que se mueven tanto las religiones monoteístas como los sistemas políticos. Las nuevas capacidades emergentes de la naturaleza, como la hibridación, nos muestran que no hay realidades esenciales. Vivir el espíritu evolutivo supone más bien abandonar las estructuras que impiden la convergencia, profundizar en la conciencia y asumir nuevas estructuras que estén más en consonancia con la creatividad, la inspiración y el desarrollo. Alfred North Whitehead señaló a comienzos del siglo XX que la creatividad es el criterio final de la vida, incluyendo la vida de Dios, una idea que fue rechazada por la teología católica. Sin embargo, sin esa creatividad y esa novedad en la naturaleza, los humanos no existiríamos.

La evolución requiere plena confianza en los propios procesos vitales; desde la perspectiva de la fe, hay un poder en el corazón de la vida, que viene de Dios y es digno de amor. En cierto sentido, se nos invita a apoyarnos en los patrones cambiantes de la vida y asistir a los nuevos patrones que emergen a nuestro alrededor. Vivir abiertos al futuro es vivir con cierto sentido de creatividad y de participación; de vislumbrar totalidades en nuestras parcialidades, arriesgarnos, implicarnos, desafiar lo estático y lo fijo desarrollando nuevos modelos de prácticas y de creencias que dinamicen nuestra vida en Dios.

La verdad es que no hemos aceptado todavía la evolución como nuestra metahistoria. La consideramos como una teoría de la que hablar o como un campo de la ciencia. La falta de integración entre ciencia, filosofía y religión ha generado una tierra fragmentada. En lo político, tenemos feudos y reinos; en lo social, tenemos tribus y cultos; en lo religioso, tenemos jerarquías y patriarcados. No hay sistemas que propicien y mantengan la evolución cósmica. Y uno de los motivos es simplemente nuestra inadecuada comprensión de la evolución. Ya la sola palabra atemoriza a muchos, como si la evolución nos volviese menos especiales como humanos. Ni hablamos en términos evolutivos, ni pensamos en términos evolutivos. Nuestras vidas cotidianas las concebimos como estáticas e inmutables, como si así hubiesen sido siempre o tuvieran que ser así. Sin embargo, lo fijo se opone a los principios fundamentales de la propia naturaleza. El proceso evolutivo nos revela una naturaleza en un flujo constante de apertura a nuevas formas, a nuevas relaciones y nuevos procesos que no solo sostienen, sino que optimizan la vida de cara a los cambios ambientales. La ley implícita de la evolución es esta: la vida busca más vida. Hay un impulso constante en la naturaleza a trascender hacia niveles relacionales superiores (complejidad) y estos niveles más altos de relación hacen emerger niveles más altos de consciencia.  Hoy hemos alcanzado un nivel muy complejo de consciencia global pero sigue operando en sistemas muy viejos, incapaces de sostenerlo.

Mientras que la evolución empuja en la dirección de la convergencia y la globalización, los poderes políticos mundiales se resisten a la convergencia y luchan por preservar su autonomía. El patriarcado está acosado por la relacionalidad; es decir, el patriarcado es anti-evolutivo. Los patriarcas y los oligarcas quieren concentrar el poder a toda costa para mantener el control. El patriarcado anti-evolucionista trata de permanecer estable, fijo, tribal y nacionalista. Rechaza la convergencia, que supone espacio compartido, recursos compartidos, políticas compartidas y poder compartido. Sin embargo, en la visión que nos propone Teilhard, o convergemos o nos autoaniquilaremos.

Estamos en nuestro momento decisivo y necesitamos subirnos al barco de la evolución. Si algo tenemos claro en el momento presente es justamente esto: la estabilidad es una ilusión; la única estabilidad real es el futuro. Thomas Berry sintetizó así el problema de nuestro tiempo: “entraremos en el futuro como un único pueblo sagrado o pereceremos todos en el desierto”. Y ahora estamos empezando a sentir los efectos de ese perecer en el desierto. Pero si vencemos nuestras dudas y ansiedades sobre el futuro, podremos creer en el poder del amor divino que se despliega a nuestro alrededor. ¿De qué modo podríamos consolidar mejor nuestros esfuerzos y llegar juntos a lo que nos espera, un futuro que hemos esbozado de forma temerosa pero inevitable?

Esta es la verdadera prueba de nuestra fe. No solo de nuestra fe en Dios, sino también en el mundo. Porque no hay Dios sin mundo. Cuando separamos al Dios del mundo o cuando ponemos a Dios “arriba” y al mundo “abajo”, nos colocamos a nosotros mismos en peligro de extinción. Sin ese Dios que vive en el corazón de la materia, no nos queda otra elección que convertirnos en dioses. Y los dioses humanos son mortales. Es hora de rechazar esas instituciones patriarcales y avanzar de forma creativa hacia nuevos modelos de religión, educación, política y cultura. Si podemos inventar coches robotizados y enviar personas a la Luna, podremos reorganizarnos y reinventarnos a nosotros mismos. Dios nos está invitando a este desafío y debemos responder.

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