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Plenamente humano en un mundo parcialmente humano

Traducido por Fernando Cidoncha

¿Qué significa ser verdaderamente humano? Sin recurrir a abstracciones filosóficas ni a terminología compleja, me siento impulsada a reflexionar sobre esta pregunta mientras celebramos la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La historia de Jesús es una historia de luz y oscuridad, bien y mal, esperanza y temor; una existencia de vida ambigua dentro de la corriente de los opuestos. Es una tragedia cuando los predicadores introducen a Dios en la vida de Jesús como si fuera divino en su ser más profundo y solo se hubiera mostrado en forma humana. Dicen cosas como: “Jesús sabía que era Dios, pero fue a la cruz sabiendo que resucitaría de entre los muertos” o “Dios dio a Jesús el poder de salvarnos en la cruz”. La tragedia está en empequeñecer lo humano ante lo divino. La historia de Jesús no trata de la divinidad; trata de la humanidad, de nuestra humanidad.

Jesús fue completamente humano y completamente judío. Su misión y su visión nacen de una profunda experiencia del amor de Dios, un amor inmanente y relacional, que dio fuerza a toda su vida. Creció en sabiduría a través de la fe y la confianza en el Dios de Israel. Rezó en el Templo y siguió la ley judía. Llegó un momento en su vida en que se sintió llamado al ministerio público, a anunciar la visión que había ido creciendo en su interior: un nuevo Israel, una nueva comunidad inclusiva, una nueva manera de ser humano en un mundo nuevo. Lo que hace a Jesús verdaderamente humano no es solo su fidelidad a esa llamada, sino también su descenso a la oscuridad del desierto: el desierto de la violencia humana, el desierto de su propio corazón, la oscuridad de las falsas seducciones. Los cuarenta días en el desierto hablan de un enfrentamiento con las fuerzas del mal, de resistencia a las tentaciones del poder y de la riqueza, y de una renovación de su “sí” a la llamada del Espíritu de Dios.

Jesús no fue la primera encarnación del amor divino, sino la segunda. María, símbolo del cosmos mismo, fue el primer sí que acogió la divinidad en medio del caos de la humanidad. El amor divino tiene que ser acogido, y para acogerlo hace falta espacio interior. La naturaleza lo hace sin quejas, inclinando sus raíces hacia la vida de Dios. Pero los seres humanos vivimos divididos, torturados por un conflicto constante entre el ego y la libertad. Ser humano no surge de manera automática; es una elección por un amor sin medida, y ese amor exige una libertad absoluta. Jesús vivió esa libertad en el amor atravesando la oscuridad, al negarse a aceptar los límites de una ley que dejaba gente fuera, al ampliar esa ley para incluir a quienes habían sido excluidos, y al mostrarnos, en el fondo, que el espíritu del amor es la ley más alta. Vivir de verdad, según Jesús, es seguir la brújula del corazón, incluso cuando eso va en contra de las exigencias de la cultura o de las instituciones.

En último término, fue el amor lo que creó problemas a Jesús. Amó hasta las lágrimas, y no escondió esas lágrimas de frente a la muerte. Curó a los impuros, acogió a las mujeres y devolvió la vida a los muertos. La humanidad de Jesús revela la apertura del alma al amor infinito de Dios. Su humanidad es nuestra humanidad; su divinidad es también nuestra divinidad. Jesús no es la gran excepción a lo que somos, sino la expresión más plena de lo que podemos llegar a ser. Sus últimos discursos en el Evangelio de Juan expresan con belleza sus temores y sus esperanzas —y también los nuestros—: «Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito» (Jn 16,7); el Espíritu os guiará hacia la verdad, la libertad y el corazón de Dios. “No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda…” (Jn 20,17). “En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores” (Jn 14,12). El miedo más profundo que tenemos como seres humanos es ser olvidados, una pesadilla existencial que al final desemboca en la nada. Queremos que nuestra vida tenga sentido, no solo mientras vivimos, sino también después de nuestra muerte. Al fin y al cabo, ¿qué valor tendría esta lucha terrena si no fuera por el futuro? La vida de Jesús no es solo una manera de vivir el presente; es también un camino hacia la vida futura: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.” (Jn 10,10)

Todos queremos la plenitud de la vida, pero muchas veces se nos escapa. Vivimos constantemente distraídos por el “falso yo”, para usar la expresión de Thomas Merton, ese yo que creo que necesito ser, y rara vez comprometidos con el “verdadero yo”, ese yo que solo Dios conoce y en el que reside mi libertad. La pasión nos revela el difícil camino de llegar a ser verdaderamente humanos: afrontar la muerte del “falso yo”, negarnos a convertir a Dios en chivo expiatorio buscando dioses alternativos de poder y riqueza, mantenernos en la verdad frente al rechazo, estar dispuestos a perdonar a nuestros enemigos y a pedir perdón a quienes hemos herido y, finalmente, amar hasta la muerte, porque el Dios que es humano solo puede realizarse en el amor. El amor sigue siendo solo una idea, una posibilidad, hasta que es elegido y se encarna en una nueva realidad.

Jesús nos mostró que sufrir por amor para un bien mayor, una mayor esperanza, una visión más amplia, es el único camino posible. “No hay otro camino fuera del amor ardiente del Crucificado”, escribió Buenaventura. No hay un Dios que vaya a venir a salvarnos; Dios no libró a Jesús de la muerte. Dios, entendido como poder trascendente que todo lo abarca, murió en la cruz y resucitó a una vida nueva: la vida del Dios-hombre. No hay un Dios allá arriba, en los cielos; en realidad, no existe un cielo como si fuera un lugar fuera del mundo. El cielo es este mundo visto con claridad. El cielo comienza dentro de nosotros y culmina en la vida eterna. El camino al cielo es el camino de Jesús, que nos muestra que pasar por el sufrimiento en el amor, hasta llegar a un amor más alto, es la senda hacia la plenitud de la vida. Teresa de Ávila escribió: «Muero porque no muero». Afrontar el miedo, la oscuridad y la muerte misma no es el final, sino el comienzo de la plenitud de la vida. Dios solo puede llegar a ser Dios cuando resistimos las fuerzas que estrangulan el amor.

Nuestra cultura va en contra de lo verdaderamente humano. Las redes sociales y la lógica del mercado capitalista nos hacen creer que lo que somos es imperfecto y que necesita ser mejorado. El transhumanismo quiere perfeccionar la vida humana superando nuestros límites biológicos y aspirando a un poder parecido al de Dios. Pero Jesús nos muestra que precisamente nuestros límites son los que definen nuestra humanidad. Fallamos, hacemos daño, tomamos malas decisiones, y la industria tecnológica promete liberarnos de esas cargas. Sin embargo, es precisamente en el fracaso donde empezamos de nuevo. En el mundo del capitalismo, somos productos para el consumo y algoritmos manipulables. Pero el centro de nuestra identidad humana no es la apariencia, ni la utilidad, ni el éxito. Es el “yo verdadero” ante Dios. “Para mí, ser santo es ser yo mismo”, escribió Merton. El mundo que hemos construido y del que formamos parte no nos deja vivir como realmente somos, con nuestras torpezas y fragilidades; el espacio para el perdón, la verdad y el reconocimiento de nuestros fracasos se va reduciendo. En cambio, se nos empuja a tratarnos a nosotros mismos como algo flexible, restructurable y vendible. Si el nuevo producto no resulta atractivo a simple vista, lo descartamos. La dignidad humana se convierte así en una cáscara vacía, sin contenido real.

Nos haría bien bajar de las alturas del idealismo y de la nostalgia y afrontar la cruda realidad de ser humanos. Ser humano fue el corazón de la vida de Jesús, y eso es también lo que nosotros estamos llamados a acoger: afrontar y reconciliar en nosotros esa necesidad constante de buscar culpables, cargar sobre otros la culpa, lanzar palabras de resentimiento y rebajar a los demás hasta el polvo, reconociendo que todos esos impulsos nacen de una psique dividida y de un yo engañoso que todavía no es plenamente humano.

Si María fue la primera encarnación del amor divino, y Jesús la segunda, entonces nosotros estamos llamados a ser la tercera. Cuando recorremos el camino que recorrió Jesús —eligiendo el amor por encima del poder, la vulnerabilidad por encima del control, el perdón por encima de la venganza— no nos limitamos a imitar a Cristo: llegamos a ser Cristo. El amor divino que María acogió y que Jesús encarnó busca una tercera morada: la persona humana que dice sí a la plenitud de la vida, incluso cuando ese sí la conduce a través del sufrimiento.

La cruz de Jesús es el símbolo de este llegar a ser. Es el lugar donde los opuestos se reconcilian y donde el alma se forja en el amor. Es un símbolo difícil, porque apunta a una verdad más profunda sobre nuestra realidad: los momentos más fecundos de la vida humana nacen en la ruptura, en la oscuridad donde el “falso yo” por fin muere. Se nos pide permanecer ahí, en la tensión de la cruz, mientras avanzamos hacia la libertad: enfrentándonos a nuestros propios demonios, reconciliando las energías opuestas que llevamos dentro y buscando una mayor integridad personal. Como señaló Carl Jung, lo que no se reconcilia dentro se proyecta fuera, y el mundo acaba teniendo que convivir con nuestros demonios sin domesticar, con nuestros dioses salvajes. Pero la cruz es también el lugar donde Dios se revela de la manera más plena, no solo en la forma del amor, sino también en la entropía misma de la muerte. La creatividad florece en la entropía; solo cuando las cosas se deshacen encuentra la vida una manera de abrirse paso. La evolución es una via dolorosa: un atravesar el sufrimiento de las tragedias de la existencia hacia algo más alto y maravilloso. Y nosotros, al recorrer este camino, pasamos a formar parte de ese despliegue cósmico: la tercera encarnación de un amor que no se detendrá hasta colmarlo todo.

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